Tuesday, November 13, 2007

Friday, November 09, 2007

A los odios empecinados





Encerrado pino,

El árbol de la memoria

Envuelto en roca y cristal

Cual avispa en ámbar


Alabastro que savia viva fue

Y el tronco en astillero

donde los anillos las centurias perduran

Cual el loco con su tema.

Thursday, November 08, 2007

G. A. Bécquer- Sobre la pereza






Aún me acuerdo de que en una ocasión, sentado en una eminencia desde la que se dilataba ante mis ojos un inmenso y reposado horizonte, llena mi alma de una voluptuosidad tranquila y suave, inmóvil como las rocas que se alzaban a mi alrededor y de las cuales creía yo ser una, una roca que pensaba y sentía como yo creo que sentirán y acaso pensarán todas las cosas de la tierra, comprendí de tal modo el placer de la quietud y la inmovilidad perpetua, la suprema pereza tal y tan acabada como la soñamos los perezosos, que resolví escribirle una oda y cantar sus placeres desconocidos de la inquieta multitud.

Ya estaba decidido; pero al ir a moverme para hacerlo, pensé, y pensé muy bien, que el mejor himno a la pereza es el que no se ha escrito ni se escribirá nunca. El hombre capaz de concebirlo se pondría en contradicción con sus ideas al hacerlo. Y no lo hice. En este instante me acuerdo de lo que pensé ese día: pensaba extenderme en elogio de la pereza a fin de hacer prosélitos para su religión. Pero, ¿cómo he de convencer con la palabra, si la desvirtúo con el ejemplo? ¿Cómo ensalzar la pereza trabajando? Imposible.

La mejor prueba de mi firmeza en las creencias que profeso es poner aquí punto y acostarme. ¡Lástima que no escriba esto sentado ya en la cama! ¡No tendría más que recostar la cabeza, abrir la mano y dejar caer la pluma!

Thursday, November 01, 2007

Postrera Sombra





La postrera y negra sombra

Que devora el blanco día

El día que tanto querían los hombres

Sepultados en tinieblas

La primera noche,

la noche eterna

de que brotaron las estrellas

en racimos y colas.


Figuras engastadas en la tabla del universo

fieras que arrastran por los cielos

que ahora el hombre observa

desde el punto solitario de la tierra.


Alacrán y punta en aguijón

Colmillo de jabalí que hiere hasta el hueso

Y cazador que mata sin piedad.

La violencia primera que puebla

Los aires . . .


Todo en suma

Se cifra en negros mares de galaxias

Que congrega el alfabeto universal

El huerto celeste de la fruta prima:

La palabra.


Quisiera volver- dije-,

Volver a la luz más pura

Pues, ¿habrá luz o habrá sombra

desde el borde del olvido?


La no-sombra

la no-luz

más allá de noche y día.

Antes del diluvio de la vista.


El pecado de mirar

y descoser los ojos

ante el asombro de las cosas.


La cosa, átomo último del mundo

Mesa, flor y canto

Las cosas que van llenando

el infraverso del vivir.


Nuestras vidas son las cosas

Envueltas en sombras

Que marcan el fluir de los días.


Los muebles del universo

y el mando perdido entre las almohadas

que buscamos sin esperanza.


Se deliza el destino de entre manos

Sin norte y sin guía

En este mar de tinieblas.


Despierta, lazarillo durmiente,

y avive los sentidos

Mira cómo se pasa la vida

no en horas y en lustros.

Sino en sombras y olvido.


He aquí la postrera sombra,

La raya última del horizonte



Muerto el astro primero

Quizá hay otro sol

por estos cielos

que más brilla,

cuya cúpula dora

el mirar.



Mas entre sombras movemos

y somos

hasta una luz más pura nos eleve.



Y estos, dispersos rasguños

en un charco de papel.

Son testamento, en fin,

De la faena.

Monday, October 29, 2007

499

The militia men shoved him out of his house, ready to make him the 499th martyr for some future beatification. Don Bartolomé let himself be pushed along knowing that he had few hopes. Just the same as always. When he discovered that the leader of the so-called Death Squadron was Manolito from las Tejas he thought maybe all was not lost. He had been Manolito’s teacher in the town’s school and he well knew that the boy’s brute force was matched only by his pride.

“Manolito . . . .” he yelled.

“Name’s Blood, don Bartolomé and I’m not don Manuel either because dons aren't worth a damn any more.”

“Well Don Blood you wouldn’t be planning to kill me, the priest, and the nuns of the Incarnation just like that without convincing us that we’re dying for Freedom and the Revolution?”

“I was thinking ‘don’t put off to tomorrow what you can do today’ like you taught us. The boys are really set on taking you out. The pharmacist and the mayor slipped past us, the damn bastards!”

“But, Manolo, hombre, remember that you are a bunch of (he paused looking around him as if he were lecturing in class) rational animals and you can’t just kill us like that. You have to get the victims to agree with you so that we can happily go on ‘a little walk’ and thank you for your revolutionary work.”

“I am sure I could convince you but not the priest who is so closed minded. Or the nuns who don’t even look at me in the face.”

“Then it’s a deal, Blood, if you convince me you can kill the lot of us,” and he held out his hand.

After that first night in July, Manolo (a.k.a Blood) and don Bartolomé the school teacher discussed political philosophy before the impatient the militia men’s shotguns and the hypersensitive ears of the local cleric. Blood started off like an convincing polemicist despite some and stops and starts. He began to persuade the astonished teacher to the nuns’ chagrin, who dizzyingly followed the twists and turns of the discussion between avemarias.

Don Bartolomé sighed. “Wow, Manolito, collectivization? It had never really dawned on me before.”
And Blood’s chest swelled, it swelled with pride.
Yet just before dawn when the cock crowed Don Bartolomé added, “Why, yes for collectivization we’d be prepared to be executed but all the same, come on! The thing is . . . the Russian Revolution just doesn’t do it for me. It leaves me cold, Blood, that’s all.”

“I have to do more research, Don Bartolomé, so you won’t slip me up by surprise. Also I’m tired. Tomorrow night I’ll convince you in a wink about the greatness of Don José Estalín. Don’t you worry.”

Every night Blood savored the sweet honey of intellectual victory. So much so that he didn’t want any advantage over his opponent. So he allowed the school teacher to return home so he could be near his books for the latest point to be made. The nuns with there hushed speech, distracted them from the debate, and so they returned to the cloister.

And the priest who was for completely closed-off and wouldn’t be persuaded a bit was the only one to stay in the makeshift dungeon they’d set up in the church. The militia men divided into two: those who found pleasure in the nocturnal get togethers and the bohemian lifestyles of intellectuals. And those who got bored and went back to their former agrarian tasks with relief.

A thousand and one nights had not passed but less than half that number when a detachment of the Guardia Civil entered the town. Yet it appeared that in this place they had left War behind. For Blood was dozing off in a wicker chair with Paul Leforgue’s The Right to Laziness between his legs while Don Bartolomé wandered off near the river meditating on collectivization. The guards took down two or three tattered reg flags and opened their mouths wide upon hearing that the Death Squadron was practically a Platonic Dialog.

Before leaving they named new authorities to be put into place. The priest proposed don Bartolomé and don Bartolomé suggested Blood . . . Manolito, I mean.
“Teacher, I think you're crossing the line a bit, hombre,” the captain of the Guardia Civil responded in turn.

Based on the Spanish original by Enrique García-Máiquez published on his blog Rayos y Truenos



499
Los milicianos lo sacaron a empujones de su casa, dispuestos a convertirle en el mártir 499 de una futura beatificación. Don Bartolomé se dejaba empujar, sabiendo que esperanzas tenía pocas. En cambio, esperanza la de siempre. Cuando descubrió que el jefe del autodenominado “Escuadrón de la Canina”, era Manolito, el de las Tejas, pensó que tal vez no estuviese todo perdido. Había sido su profesor en la escuela del pueblo y conocía bien que su fuerza bruta tenía un parangón: su orgullo.

—Manolito…. —gritó.
—Me llamó Sangre, don Bartolomé, y no me llamo don Manuel porque ya no hay dones que valgan…
—Pues don Sangre, ¿no pensarás matarnos a mí y al señor cura y a las monjitas de la Encarnación así como así, sin convencernos de que morimos por la Revolución y por la Libertad?
—Yo pensaba no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy, como usted nos enseñó. Los muchachos, ya ve, están deseando darle al gatillo… El boticario y el alcalde se nos han escabullido, los muy maricones…
—Pero, hombre, Manolo, recuerda que sois unos animales (hizo una pausa, mirando en redondo, como si estuviera dando una clase) racionales y que no podéis matarnos sin más, que hay que conseguir que las víctimas os demos la razón, que vayamos tan contentas al paseo, que os agradezcamos de corazón vuestra labor revolucionaria…
—A usted seguro que le podría convencer yo, pero no al cura que es cerril al máximo, y a las monjas, qué, que ni me miran a la cara...
—Trato hecho, Sangre, si me convences a mí, nos das matarile a todos.
Y le tendió la mano.

A partir de aquella noche de julio, en el pueblo, Manolito, alias el Sangre, y don Bartolomé, el maestro-escuela, discutían de filosofía política ante las impacientes escopetas de caza de los milicianos y los hiperestésicos oídos del clero local. Sangre se destapó como un polemista eficaz, a pesar de algún que otro trabucamiento y exabrupto. Iba convenciendo al asombrado maestro, ante el pavor de las monjitas, que entre avemaría y avemaría seguían mareadas los meandros de la discusión. Suspiraba don Bartolomé:

—¡Anda, Manolito!, pues en eso de la colectivización no había yo caído…

Y a Sangre se le esponjaba el pecho. Sólo que un poco antes del alba, cuando avisaban los gallos, don Bartolomé añadía:

—Pues sí, por la colectivización estaríamos dispuestos a ser asesinados, pero ya mismo, vamos... Lo malo es que la Revolución Rusa, no sé, me pilla un poco lejos, Sangre, me deja frío.

—Tengo que documentarme, don Bartolomé, no me va usted a coger por sorpresa… Además estoy cansado. Mañana por la noche le convenzo en un periquete de las bondades de don José Estalín, pierda cuidado.

Sangre saboreaba cada noche las mieles de una victoria intelectual. Tanto, que no quería ventajas sobre su oponente. Así que dejó que el maestro volviese a su casa: que tuviese cerca sus libros para preparar el último, siempre el último, punto pendiente. Las monjas, como con tanto cuchicheo distraían el debate, volvieron a la clausura. Y el cura, que ciertamente era cerril y no se dejaba convencer ni un ápice, fue el único que se quedó en el calabozo que habían improvisado en la iglesia. Los milicianos se dividieron en dos: los que le cogieron gusto a las tertulias nocturnas y a la bohemia de la intelectualidad y los que, aburridos, volvieron aliviados a las labores del campo.

No habían pasado mil y una noches, sino un poco menos de la mitad, cuando un destacamento de la Guardia Civil entró en el pueblo. Allí parecía que la guerra no iba con ellos. Sangre estaba dormitando en una silla de anea con el libro de Paul Laforgue, El derecho a la pereza, entre las piernas; y don Bartolomé andaba por el río, pensando en la colectivización. Los guardias arriaron dos o tres banderas rojas y raídas y abrieron la boca oyendo que el “Escuadrón de la Canina” era, prácticamente, un diálogo platónico.

Antes de irse, tenían que dejar nombradas nuevas autoridades. El cura propuso a don Bartolomé y don Bartolomé a Sangre, quiero decir, a Manolito.
— Hombre, maestro, no se pase —repuso el capitán de la Guardia Civil.


Enrique García-Máiquez enlace al cuento original

Friday, October 26, 2007

Juan Ramón Jiménez (1881-1958)


Walking, walking along

I want to hear each grain of sand

I’m trampling under foot


Walking along,

Leave behind the horses,

For I want to get there late

(walking, walking along)

and give my soul to each grain of sand

that I’m brushing past.




Walking, walking along

What a sweet entrance

You make in the countryside, oh great night, as you descend!


Walking along,

My heart is a backwater

I am already what is in wait for me

(Walking, walking along)

and my hot foot appears

to be kissing my heart


Walking, walking

I want to see the faithful tears

Of the path I’m leaving behind..



ANDANDO

Andando, andando.
Que quiero oír cada grano
de la arena que voy pisando.

Andando.
Dejad atrás los caballos,
que yo quiero llegar tardando
(andando, andando)
dar mi alma a cada grano
de la tierra que voy rozando.

Andando, andando.
¡Qué dulce entrada en mi campo,
noche inmensa que vas bajando!

Andando.
Mi corazón ya es remanso;
ya soy lo que me está esperando
(andando, andando)
y mi pie parece, cálido,
que me va el corazón besando.

Andando, andando.
¡Que quiero ver el fiel llanto
del camino que estoy dejando!

Thursday, October 25, 2007

Living in the present- Juan Ramón Jiménez

Who could know how

To happily leave one’s cloak

In the arms of the past

And not look back at what was

To enter happily and head on

and fully naked, into the free happiness of the present!


(Fragment from Unidad (1918-1923)


¡Quién supiera

dejar el manto, contento

en las manos del pasado

no mirar más lo que fue

entrar de frente y gustoso

todo desnudo, en la libre

alegría del presente!